Laura,
hoy recordaste El mago de Oz. En el tren, sin venir a cuento. Un pensamiento disparado a raíz de una de las frases de Marías. Ya no recuerdas ni cuál era la frase que hizo que enlazases ese sentimiento, pero recuerdas las imágenes que te pasaron por la cabeza. Devoraste la novela de Baum, la devoraste en apenas un día. Luego, te lo regalaron, pero ya no fue lo mismo. Creo que nunca llegaste a leer del todo tu ejemplar. En realidad, podría haber sido por el el hecho de que fuese antiguo, lo de que te gustase más. Un libro abandonado a sus anchas, en una estantería en un salón de una familia que no era la tuya. Alguien se lo habría leído, seguramente hacia ya mucho. Una comida con amigos, en su casa, y allí lo encontraste. Lo viste, lo curioseaste. Luego lo empezaste. Ensimimasmiento y ya, la noche! La película te gustó solo la primera vez. Detestabas los musicales, eso hoy aún es. Y después de Baum, reafirmaste tu gusto por Roald Dahl, el gran Dahl! Antes de secundaria, ya conocías casi toda su literatura infantil. Alucinaste con Los Cretinos, moriste de amor con Agu Trot (que significa ´tortuga´), te entusiasmaste como los abuelos de Charlie cuando éste encontró el billete dorado, e incluso, descubriste con él la poesía, con los pareados animales de El cocodrilo enorme. Sin duda, te quedabas con el del cerdo, que empezaba así:
Hubo una vez un cerdo en Inglaterra,
que fue el bicho más listo de la Tierra.
Era un tipo genial, todo un portento,
una cabeza llena de talento.
Hacía largas sumas de memoria,
leía gruesos libros sobre Historia.
Sabía muchas cosas...y al final
se planteaba la cuestión fatal.
Mucho después te hiciste con el libro, para disfrutarlo de nuevo, y que lo disfrutase también tu hermana, tu pequeña. Y releyéndolo, te preguntaste acerca de la magia de las palabras. Y del cómo era posible que también la traducción encajase en la rima. Supiste que eso no lo hacía Dahl, pero ni por eso dejó de fascinarte. Con doce años, tuviste que leer Boy, sus relatos de infancia, y te gustó aún más. Nunca se te olvidará la descripción acerca de cómo le extirparon las amígdalas. Y sus trabajos como piloto, para la Shell. Ahora cada vez que ves un cartel de eso, te acuerdas de Dahl. Tuviste que leerte ese libro, ese primer año de instituto, pero también Momo. Curiosamente, la otra obra de Ende, La historia Interminable, nunca pudiste terminarla...No te quedaba mucho del libro, pero la creación del nuevo mundo se te hizo tan pesada que lo dejaste. Totalmente. Y nunca le diste otra oportunidad. Te habías obsesionado con Atreyu pero luego, ni Fujur te dio ganas para continuar. Pero esa es otra historia.
Unos años después, descubriste Los relatos de lo inesperado, relatos breves, de humor negro, muy ácido. Satíricos. Psicóticos. Y desde entonces, fue el primer libro que recomendabas a quién te preguntaba. Aunque La maravillosa medicina de Jorge...ese también te chocó mucho. Es infantil, sí, pero tan fluído, tan intenso. Iba de un niño, y una abuela horrible. Al revés que la de Las Brujas. Él tenía que darle la medicina, pero le caía tan mal, que se inventó una nueva, mezclando todos los potingues y líquidos y sólidos que había en su casa. Tú también querías hacer esa mezcla. Sin la parte de la abuela, por supuesto. La tuya es una mujer increíble. Nunca se lo dices lo suficiente, Laura, ni eso ni lo que la quieres. A veces, estás tan a la tuya que no ves más que lo que tienes delante de los ojos. Pero la gente, tu gente, la familia, apoya desde atrás. Es un sustento, hace que no te caigas, y que puedas seguir avanzando. Por eso no siempre se ve, pero tienes que saber que está ahí. Y ser más desinteresada. Espero que consigas mejorar esto. Nadie es perfecto, pero tú mejor que nadie sabes cuáles son tus carencias.
Hasta aquí hoy. Ha sido reflexiva la diatriba de hoy.
Cuídate mucho, chica que fluye,
y sé feliz,
y mantén la cordura,
y no pierdas la chispa.
Te lo sugiere,
lau